María G. Piccini
Arroyo Corto, BsAs. Argentina
«y tú, dime
amo todas mis apelaciones tuyas
y entonces sólo tendríamos un labio,
uno solo para decirlo todo
Jaques Derrida
Cruzó la candidez bajo su propio riesgo y atrás quedaron el temblor de su voz y las espaldas.
Se sumó al viento, dueño primero de lo móvil y terreno, y pretendió que bajo sus pies se detuviera la distancia.
Por supuesto que ya había perdido el corral y con él había entregado el alma para que, suavemente y sin mayores escándalos, brotaran de su espíritu las heridas que aun fluían, separándolo, como diminutas hojas secas.
Por último, sin gesto y en una tranquila ceremonia, dejó caer esas palabras que sin virtud lo hacían silencio.
Entonces dijo que sólo un ala le dejó su nacimiento.
Imaginó que sólo de carne y huesos llenaría lo invisible.
Y supo que sólo lo Único, sea palabra, hierro o fuego, se atreve a la verdad sin pena.
Ahora está inconcluso y mira el revés de su cuerpo a lo largo de la herida y piensa que si existiera una palabra indestructible, como existió aquella mujer con la que se fundieron en un labio, la esperaría allí. La esperaría inmóvil. La esperaría presumiendo la serenidad que la luna soporta soldada a la intemperie. La esperaría entre esos libros parcos con pretensiones uterinas. La esperaría con alguna, poca, luz que los esconda para saber el vino negro y lo mejor entre dos sexos y el pesar de los volcanes.
|